lunes, 17 de julio de 2017

juegos

estosnerviosinsoportablesestasganasenfermasdemodersucuellohastamatarlohastasentircrujirsucarnesustendonesentremisdientesytragarmetodasusangretibiaybebérmelaconfuriainclusohastavaciarloporcompletoydespuésdedevorarlometermeporsubocacomosifueraunacuevayabrirmeespacioentresucuerpoyapodridocomounfantasmacomounespectroparaposeerloalfintambiénconmisangrequeeslasuyaparaestarconélparasiemprealfin.

abrir
cerrar
                 jugar a expandir la garganta hasta tragarme una estrella
embellecer tu boca con un temblor despiadado
alzar la vista hasta encontrar el azul
cuando al fin
la
recóndita respuesta
me paralice





domingo, 16 de julio de 2017

La víspera (2)

Al llegar a la casa, Juana, la mamá de Alicia, estaba prendiendo la chimenea con un pedazo de tronco de pino que parecía recién arrancado del jardín. Tenía a su lado varios bollos de papel de diario quemados , esparcidos por el piso, y parecía haber estado intentando prender esa chimenea desde hace largo rato porque tenía actitud de cansada y la cara con restos de tronco y transpiración.
Ya volvieron?- nos preguntó con una sonrisa falsa. Y yo sospeché que ella no quería que volviéramos tan rápido, por algún motivo.
-Sí, dijo Roberto. -Es que Aurora se asustó y tuvimos que volver.
Eso me causó una indignación hasta ese entonces desconocida. Cómo se atrevía a culparme a mí!
-No es verdad!! le grité violentamente. Alicia se apartó de mi lado y se dispuso a ayudar a recoger los papeles que estaban esparcidos por el suelo. -Todos nos asustamos. También vos, Roberto, le dije aún con una sensación de odio incontrolable.
-Es que vimos un caballo muy raro, dijo Mabel, como al pasar... Juana seguía agachada con el tronco encendido y tratando de prender los demás troncos. -Raro por qué? preguntó.
-No sé, dijo Mabel. -Estaba muy quieto.
-Estaba muerto, dijo Lucía.
-No estaba muerto, estaba asustado, agregó Roberto con cara de que estaba cansado de hablar sobre ese caballo.
-Estaba vivo pero tenía los ojos muertos. Dije yo sin mirar a nadie y me acordé de esos ojos y volví a sentir una sensación increíble de pánico y de angustia. -Muertos, repetí.
-Bueno, dijo Juana. Ya están de vuelta, menos mal que están bien. Mañana con la luz del día quizás pueden subir de nuevo y explorar la montaña. De noche es peligroso.
-Tía, dijo Roberto con un tono de adulto mayor que le salía perfectamente-, somos grandes ya, nos podemos cuidar solos y además...
-Roberto, lo interrumpió Juana. Son chicos todavía. -Vamos, hay que poner la mesa, dijo y se arremangó el pulover con decisión, (ya había podido prender el fuego de la chimenea en esos segundos), y caminó en dirección a la cocina sin mirarnos a ninguno de nosotros.
Y yo pensé que todas las madres hacen esas cosas cuando no quieren seguir hablando sobre algo. Dicen "está la comida", "se me quema el arroz", "hay que poner la mesa", "hay que lavar los platos". Y se van. Huyen. Pensé en mi madre y en lo lejos que estaba de ella en ese momento. Me sentí triste. Me quedé unos segundos así, parada y rígida como una estatua, contemplando solamente el fuego y oyéndolo crujir mientras los demás hacían distintas cosas, se lavaban las manos, se peleaban, ordenaban las sillas, iban a buscar algo, quizás para olvidar, como yo, los ojos muertos de aquél caballo que habíamos visto en la montaña.

-Tengo sed, dijo Manuel, pero nadie le respondió. Lucía le acercó su vaso de agua que estaba casi lleno. Cenábamos en silencio y eso me incomodaba. Sentía que algo extraño había pasado y pensé que todo era culpa del caballo aquél que nos había conmovido a todos.
-Aurora- dijo de pronto Juana. Tu madre, está bien?
La pregunta me sorprendió porque Juana no preguntaba mucho por mi madre.
-Sí, muy bien, gracias.- le respondí.
-Me alegro
-Gracias
-Y tu padre?
-También. Ha estado un poco enfermo por el frío, él tiene un problema en los pulmones, pero ya se está recuperando.
-Ah...
-Ellos le mandan muchos saludos y siempre me preguntan por usted.
-Qué amables.

Sonreí por compromiso y miré mi plato con arroz, pechuga de pollo y papa horneada. Pinché una papa con mi tenedor pero no me la comí. Bajé la cabeza y al subirla, vi que Juana me observaba con una mirada nublada y pensativa. Sentía que no me miraba a mí, sino que estaba pensando en otra cosa.
-Estás bien mamá?- le preguntó Alicia. Y yo pensé que me molestaba que Alicia y yo no pensábamos igual en nada pero sí percibíamos siempre las mismas cosas y por eso teníamos una relación tan extraña y ambivalente.
-Sí, hija. Estoy bien, le respondió Juana y le acarició el pelo con ternura. -¿Quieren más?- preguntó y yo pensé de nuevo que las madres hacen esas preguntas para no decir lo que en realidad están pensando.
Miré a Roberto, que miraba a Alicia con extrañeza y ésta a su mamá con preocupación. Roberto habrá percibido mis ojos puestos en él, porque me miró enseguida y fue una mirada tan intensa y profunda que rápidamente levanté la vista y dije que no, que yo no quería más.




martes, 11 de julio de 2017

redes

cómo transitar el dolor sin ser vista
y construir caminos en vez de callejones 
cómo acomodar mi cabeza en la fuente
y escuchar el silencio ornamentado de los pájaros
que gritan
cada vez que el sol se esconde


ahora me doy cuenta
de lo que pasó
mientras sentía
que no pasaba nada
y me enroscaba sobre mí misma
en un dialogo sordo como en una película

y es que así NO BASTA,
ni tampoco es suficiente
cuánto significa estar del otro lado,
al otro

lado,
si de todas formas no sirve de nada



domingo, 2 de julio de 2017

San Telmo y su música

El barrio de San Telmo huele a música definitiva. Hay espasmos de sonido a lo largo de toda la calle Defensa, desde avenida San Juan hasta Venezuela. Los domingos a la tarde la feria se llena de vecinos y turistas que comen helado italiano, toman cerveza artesanal y comen empanadas colombianas y que llegan en pequeñas combis blancas pero repletas desde algún otro punto turístico de la ciudad. La caminata transcurre a paso lento y monótono por la cantidad de gente que pasea. Los idiomas se confunden y pronto se oye un saludo en portugués, un comentario en francés y algún que otro grito en yanqui, además del quejoso y casi siempre malhumorado porteño. Poco a poco va alejándose el día invernal de principios de julio y se van prendiendo todos los faroles amarillos que se transforman en una hermosa figura de luz cuando se desparraman con gracia deslumbrante sobre el empedrado que los vecinos se niegan con determinación, a dejar desaparecer. Y entonces dan ganas de quedarse por allí, en alguna terraza, leyendo un libro o escuchando la música alegre que siempre viene de algún lado y que parece no querer despedirse. Las gentes del movimiento afrocultural tocan al ritmo del candombe con letras contestatarias y de protesta y también improvisan algún free style cada tanto con las palabras que el público propone pero que son siempre las mismas: paz, libertad, amor, solidaridad, felicidad, aunque alguno diga de pronto pucho porro tabaco. Algunas parejas bailan. Otras ríen y las de mas allá conversan. Yo bebo un trago de cerveza y miro la luna que ha ido apareciendo de a poco por entre las ramas desnudas de uno de los árboles más viejos del patio y que brilla como una perla en el fondo de un pozo de agua. A su lado, un planeta grande y amarillento se despliega perezosamente.
Siempre hay un rincón oculto en este San Telmo que se asemeja a un laberinto. Siempre algún nuevo bar, casa cultural, galería de arte, o galpón que se descubre y florece una noche cualquiera y que abre sus puertas de par en par para recibir a sus invitados cautelosos, desconfiados e invisibles. Luego se va formando una especie de comunidad barrial en la que todos somos amigos. En este barrio, la música flota como una niebla, y lo transporta todo hacia mundos lejanos y planetas infinitos. La música es un viaje de ida que estaciona en San Telmo.